Capítulo VIII – La mascota del Bronx.

Un día mientras mi abuelo comerciaba con cauchos, para las ventanas de los carros, un perro de esos criollos se encariño con él. Mi viejo lo adoptó y lo llevó a nuestra casa. Al llegar inmediatamente llenó de júbilo y buena energía el hogar. Tiempo después, en una salida con el perro -quien se enloquecía cuando lo sacábamos a la calle- conoció a una perrita con la que tuvo varios cachorros.

El perro tenía tanta personalidad que se fue adueñando del territorio, hasta tal punto que apaleaba a los enormes pitbulls de los “Sayas”.

Aparte del perro teníamos un gallo que me odiaba; recuerdo tanto que el molesto gallo le enseñaba buen comportamiento al perro a ritmo de picotazos. Él creció y vivió con nosotros hasta la intervención del Bronx. Unos días después de haber salido del lugar me encontré al perrito, me dio mucha alegría y estoy seguro de que a él también pero cuando quise llevarlo conmigo me miró tristemente y se devolvió por donde venía. Esa fue la última vez que vi a Bruno, la mascota del Bronx.

Ilustración Meyerman 2020
Foto periódico local